No hablemos sin saber.

Ser joven no supone ningún mérito. Es sólo una circunstancia, pero hay individuos que se apoyan en ella para dar por hecho que su opinión es tomada como válida por los demás.

Para que una opinión sea respetable debe haber, al menos, un cierto conocimiento de causa. Es decir, no se puede opinar sin conocer la realidad, es necesario haberla vivido, haber leído, haberse formado, etc. Para ser justos, sí se puede, pero se hace el ridículo. El problema es cuando el receptor desconoce también el asunto, no distingue entre información y opinión y además no exige ninguna demostración, de modo que estaría tomando por cierto algo que sólo es una percepción personal. Es sorprendente la facilidad con la que se adoptan estos nuevos dogmas de fe.

Hoy en día estamos expuestos a un exceso de información (en ciertos campos) y de opiniones (en los medios). Como nadie nace sabiendo y no somos expertos en todo (alguien tenía que decirlo), a menudo el único criterio en el que podemos basarnos es la credibilidad que nos merece la fuente de la información o de la opinión, aunque esto nos llevará a error si vamos concediendo nuestra confianza alegremente al primero que salga en televisión y conecte dos frases afortunadas.

Revisemos a quién damos credibilidad, y si lo mejor que podemos decir de alguien es que es joven, pensemos que debemos ser más exigentes.

“La juventud es el momento de estudiar la sabiduría; la vejez, el de practicarla” (Rousseau).

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En lucha

Estamos habituados a ver en los medios de comunicación y en las redes sociales a muchos colectivos en lucha, aunque sería útil concretar un poco y definir en qué consiste exactamente esa lucha, contra quién va dirigida, qué sacrificios supone, etc.

Me gustaría llamar la atención sobre un hecho relacionado con el concepto de lucha, y es que existe una gran cantidad de personas cuya vida se asienta sobre una verdadera lucha interior, silenciosa y a menudo sin publicidad. Hay personas discapacitadas, víctimas de accidentes de tráfico, pacientes con enfermedades graves, y un largo etcétera que incluye a sus familias, que se ven obligadas a luchar cada día contra unas circunstancias que no escogieron.

Esta gente, a la que es muy difícil no admirar, no eligió luchar. Simplemente es la única opción que les queda para seguir adelante. Es un camino que tienen que recorrer solos, más llevadero con ayuda y comprensión pero durísimo para ellos.

El tomar conciencia de que existe un mundo invisible de dolor, esfuerzo y lucha tenaz conviviendo con el “mundo real” de los medios ayudará a entender el concepto de lucha y permitirá aprender de ejemplos reales de superación y solidaridad, tan necesarios en esta sociedad perdida necesitada de héroes.

Una sociedad consciente de su sufrimiento es una sociedad que se conoce a sí misma y que puede valorar todo lo que ha conseguido, es decir, una sociedad mejor.

“Es la superación de dificultades lo que hace héroes” (Louis Pasteur).

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La familias heroicas de hoy.

 

¿Quién se preocupa por la siguiente generación?

El Gobierno no: dedica todos sus esfuerzos a ganar las próximas elecciones.

Los empresarios no: sólo tienen tiempo para maximizar el beneficio del año en curso.

Los sindicatos no: están preocupados en hacer política a base de ruido y, en sus ratos libres, en los que ahora trabajan. 

Son las familias. En su seno nacen y crecen los nuevos miembros de la sociedad, los que mañana pagarán las pensiones y sostendrán el país con su trabajo, sus valores y sus propios hijos. Es la única institución que realmente se esfuerza por su supervivencia, y con ella la de la sociedad.

 Por eso, toda ayuda es poca. El Estado, por su propio interés, debería tener como máxima prioridad facilitar la subsistencia y el progreso de las familias, contribuyendo a rebajar la hostilidad, hoy creciente, de su entorno. Sacar adelante la familia requiere una actitud heroica y un espíritu que condensa todo lo bueno de la sociedad: esfuerzo, sacrificio, superación, solidaridad, etc.

 Las familias, con sus problemas de conciliación laboral, con sus hipotecas a cuarenta años y con su asfixia a base de impuestos lo único que pretenden es que cada generación sea mejor que la anterior, que los hijos sean más libres, mejor formados y más felices que los padres. Éste sí que es un proceso de mejora continua que hay que fomentar y del que hay que aprender desde todos los ámbitos. 

Todo lo que se haga en beneficio de las familias se estará haciendo en beneficio de una sociedad más equilibrada y productiva y, en definitiva, más feliz.

“La familia es base de la sociedad y el lugar donde las personas aprenden por vez primera los valores que les guían durante toda su vida” (Juan Pablo II).

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Las once reglas de oro de Bill Gates para nuestros hijos.

Probablemente Bill Gates tuviera en mente estas ideas antes de hacerse rico y famoso, pero en ese momento no le interesaban a nadie. Ahora es distinto: cualquier idea suya viene a ser algo parecido a las tablas de la ley. En cualquier caso, es indudable que se trata de alguien cualificado para dar consejos, así que aprendamos algo de él. Éstas son sus 11 reglas de oro:

1.- La vida no es justa, acostúmbrate a ello.
2.- Al mundo no le importa tu autoestima. El mundo esperará que logres algo antes de que te sientas bien contigo mismo.
3.- No ganarás 4.000 € mensuales justo después de haber salido de la universidad, ni serás un vicepresidente con vivienda pagada por la empresa hasta que te lo hayas ganado y te lo hayan reconocido.
4.- Si piensas que tu maestro es duro, espera hasta que tengas un jefe. Él no tiene vocación.
5.- Dedicarse a servir hamburguesas no te quita dignidad. Tus abuelos tenían una palabra diferente para describirlo: ellos lo llamaban oportunidad.
6.- No lloriquees por tus errores. Aprende de ellos.
7.- Antes de que nacieras, tus padres no eran tan aburridos como puedan serlo ahora. Ellos empezaron a serlo para pagar tus cuentas, limpiar tu ropa, y escucharte hablar de lo guay que eres. Así que antes de que salves las selvas de la contaminación vertida por la generación de tus padres, ¿porque no empiezas por limpiar y ordenar primero el armario de tu propia habitación?
8.- En la escuela puede haberse eliminado la diferencia entre ganadores y perdedores, pero en la vida real no. En algunas escuelas se han eliminado los suspensos, y te dan las oportunidades que necesites para encontrar la respuesta correcta. Esto no tiene ninguna semejanza con la vida real.
9.- La vida no se divide en semestres. No tendrás vacaciones de verano largas en lugares lejanos, y muy pocos jefes se interesarán en ayudarte a que te encuentres a ti mismo. Tendrás que hacerlo en tu tiempo libre.
10.-La televisión no es la vida diaria. En la vida diaria, la gente de verdad tiene que salir del café e irse a trabajar.
11.-Sé amable con los primeros de la clase. Existen muchas posibilidades de que termines trabajando para uno de ellos.

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Protejamos a los niños, protejámonos nosotros.

Los niños son la inocencia que no tiene el mundo. Los adultos vemos en ellos todo lo bueno que inevitablemente vamos perdiendo con los años.

Pero es más. Los niños son el futuro: la sociedad del mañana será como la construyan ellos, y eso depende de los valores que van adquiriendo durante la infancia y la adolescencia. Por eso, atacar a los niños es atacarnos a todos y contribuir a destruir el mundo, a hacer una sociedad de personas malogradas, condicionadas por los errores y defectos de generaciones anteriores.

Hay que proteger a la infancia de muchas cosas, empezando por la nefasta influencia de una televisión sin escrúpulos y terminando por cualquier tipo de abuso. Y en esto no hay medias tintas, no se puede ser equidistante. Encubrir abusos a la infancia es una forma de complicidad, y debe castigarse con dureza. La sociedad debe protegerse de pederastas y pedófilos porque se trata de individuos perversos absolutamente desprovistos de humanidad, de quienes no puede venir nada bueno. Es especialmente importante alejarlos de lo mejor y lo más vulnerable que tenemos, de nuestro futuro, que son los niños.

“El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices” (Oscar Wilde).

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Fútbol es fútbol.

El fútbol de élite es un ejemplo de lo fácil que es agitar los malos instintos de la gente: violencia, racismo, campos donde si desprecia la memoria de los muertos…

No se valora el esfuerzo de superación, no se premia el trabajo que lleva a chavales humildes a ser los mejores del mundo en su actividad. El foco está puesto permanentemente en lo que ganan los futbolistas, en su vida social, en el lujo, en lo fácil, en lo superficial en definitiva.

Desde el momento en que aparece el papel del árbitro se está asumiendo que los engaños son parte del juego. A (casi) nadie le parece mal cuando un jugador de su equipo finge faltas o agresiones o provoca a los contrarios para conseguir que los expulsen.

Y todo esto es lo que hay dentro del campo. En los despachos, más de lo peor: fichajes millonarios turbios, recalificaciones irregulares, deudas monstruosas con Hacienda, etc.

No todo en el fútbol es malo, pero lo que trasciende de él sí lo es. Quizá deberíamos aprovechar la popularidad del fútbol para transmitir lo bueno que hay, para que sirva como ejemplo.

Sabemos que el fútbol es así, que no hay rival pequeño, que todo vale y que el fin justifica los medios, pero debemos intentar que todos estos antivalores no pasen a nuestra vida personal y profesional. Si no, luego no nos quejemos de cómo es “la gente”.

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Nuestra clase política

La clase política debería encarnar las virtudes del pueblo al que representa, recoger sus valores morales y constituir un ejemplo para todos los ciudadanos. En cambio, y aunque generalizar siempre es injusto, lo que representa precisamente es lo peor de la sociedad: enchufismo, dinero negro, despilfarro…

Es decepcionante que la honestidad de un político sirva para ensalzarlo, cuando debería ser un punto de partida para todos ellos. Pero no basta con ser honesto. Los cargos públicos deberían estar capacitados para la función que desempeñan y ser responsables de sus aciertos y de sus errores. No es suficiente con ir adquiriendo experiencia con los años en el cargo, ya que ésta, la experiencia, es una forma de aprendizaje que comporta un coste altísimo en forma de graves errores, de los que por otra parte nadie se responsabiliza. A cualquier cargo público debería exigírsele un currículo impecable, que demostrase una indudable idoneidad para el puesto, aunando formación y experiencia laboral fuera de los partidos políticos, de la misma forma que un cirujano debe acreditar su competencia. Maquiavelo distinguía tres tipos de mentes: las que disciernen, las que no disciernen pero entienden lo que otras disciernen, y las que ni disciernen ni entienden lo que otras disciernen. A menudo, decisiones que afectan a millones de ciudadanos son tomadas por mentes que ni disciernen ni entienden, de modo que la única posibilidad de acierto queda en manos del azar.

Los políticos deberían ser un ejemplo de tolerancia y respeto hacia las demás opciones legítimas, y no intentar imponer su ideología. Se trata de que progresemos todos juntos, lo cual implica muchas veces renunciar a las ideas propias en favor de una mejor convivencia. En democracia no hay cabida para dogmas ni fanatismos. De la misma forma, es fundamental el respeto a la libertad y a la independencia. Una mayoría en las urnas no debe confundirse con una monarquía absoluta que concentre todos los poderes del Estado y limite la libertad de expresión. Desde la Transición hasta ahora ha sido común en todos los gobiernos el intento de controlar los medios de comunicación y la Justicia (de ambas cosas tenemos ejemplos recientes).

Los cargos públicos deben trabajar incansablemente en favor del progreso de la sociedad y de la felicidad de sus ciudadanos, y no obligar a éstos a trabajar por el beneficio personal de una casta tristemente incapaz de resolver los problemas creados por ella misma.

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